Oda a la tierra negra

Caljlkjptura

 

 

 

La patria es el lugar 

donde se vuelve a morir.

 

 

I

De niño,

si levantaba baldosas

o lajas

siempre encontraba lombrices.

 

No es nostalgia tanguera.

 

Ocurría entonces y ocurre hoy,

porque así es la tierra negra.

 

 

II

Por entonces

era el límite de las heredades

de los primeros españoles.

 

Mi abuelo y mi abuela

vivieron y murieron aquí,

también mi padres.

 

Fondo de la Legua,

lo llamaron.

 

 

III

Barrio industrial

de torneros y talleres atrás,

de fábricas químicas, textiles,

de guisos, tensión e inundaciones,

que limita al este

con la Panamericana

y al sur con la General Paz.

 

Mundo dividido

donde se aprende

a mirar la divisoria,

y reconocer la religión

de la bestialidad.

 

Cuando vives

en calles con pozos,

en barrios rotos,

en la demolición,

nadie te convence

de que un psicólogo

va a reconstruir

tu vida.

 

 

IV

La capital prometía

un vislumbre de sofisticación,

donde la bestialidad

era la misma.

 

El hombre debe elegir

entre el amor y los intereses.

 

Solo excepcionalmente

los consigue a ambos.

 

 

V

Durante años

he querido hablar,

dejar algo escrito

sobre la extranjería,

y mi tierra.

 

La querencia no es

un lugar diferente

de los otros.

 

Hasta que la dejas.

 

 

VI

Siempre quise escapar

de este barro gaucho

que empantana,

 

de la queja constante

de creer al mundo en contra,

de este horizonte

llorón y paranoico.

 

Y así lo hice.

 

 

VII

Primero

fue Nueva York

y más tarde Europa,

que posee otra escala.

 

Poblados grandes,

cautos, por invadidos

y reconquistas

de milenios.

 

Pasear no es viajar

pero el paseante no lo nota,

regresa a los diez días

maravillado

por los colores.

 

 

VIII

Europa sigue

teniendo esclavos,

si bien su divisoria

está al sur, en el Mediterráneo;

al oeste, en el Atlántico.

 

Y discrimina,

pero cuando escasea el dinero;

cuando sobra te emplea

y al mismo tiempo te ignora.

 

De la misma manera

que nosotros ignoramos

a nuestros inmigrantes

a no ser que los necesitemos.

 

 

IX

De chico

experimenté la provincia

como una reservación,

la curiosidad me demandaba

metrópolis.

 

Pero la madurez no llega

y la curiosidad se acaba.

 

  

X

Con el tiempo,

del mismo modo que antes

idealizara Europa,

volví a idealizar la patria.

 

Suena paradójico

pero el rasgo primero

de la verdadera civilización

es el amor incondicional

al compatriota

 

y el desprecio ciego

al extranjero.

 

 

XI

A fuer de recorrido

acepté a los humanos

de aquí y de allá.

 

Sofoqué la mente y sentí,

probablemente más

que antes de mi partida.

 

Esa visión

comprimió mi mundo:

la realidad era ya

demasiado compleja

para mí.

 

 

XII

Treinta años de aeropuertos

me enseñaron

la inminencia de la muerte.

 

Los aviones, a llorar

por la inmortalidad

del amor.

 

Los extranjeros

viajamos con las maletas

cargadas de eso;

 

los turistas,

con ropa, chucherías

y electrónica.

 

 

XIII

Los viajes de visita

son viajes en el tiempo.

 

Del ahora

al entonces

en que el mundo

aún no era inhóspito.

 

Del tiempo actual

a los tiempos de un mundo

con menos problemas

y menos miedo.

 

Hay quien niega el miedo,

pero este cala profundo

a la distancia.

 

Es la diferencia

entre chapotear en la orilla

y flotar en medio de la mar

sintiendo en las piernas

el frío punzante

del abismo.

 

 

XIV

Con los años

había aprendido

a mantener la distancia,

a guardar silencio,

a vivir sin afecto,

a ser más europeo.

 

Algo tan fácil

de decir como ‘ébola’,

tan difícil

como vivirlo.

 

  

XV

Suena ingenuo

pero como les sucediera

a los antiguos sirvientes negros

de la Confederación,

 

yo he vivido en casa del amo

y compartido su estilo de vida.

 

Sé cómo es en realidad.

 

 

XVI

Y una vez más

abandoné amigos, amores,

trabajo, calles, paisajes,

muebles, libros, enceres,

rutinas.

 

Con ese vacío

que el extranjero

carga siempre consigo:

 

un corazón templado,

casi indestructible,

que no late

y pesa.

 

 

XVII

De chico me sentí crecer

en una reservación,

la curiosidad

me demandaba aventura,

 

pero la madurez no llega

y la curiosidad se acaba.

 

  

XVII

Mi hermano no lo comprende,

jamás abandonó nada.

 

Desconoce la fuerza

humanizadora

de la añoranza.

 

 

XIX

Una tarde,

en la estación de un pueblo perdido,

proveniente de un campo pedregoso,

vi a una pareja de viejitos

tomados de la mano.

 

Se habían acercado

a la dársena de embarque

a despedir a su hija,

que vivía en París.

 

Se paraban igual

que lo hacían mis padres,

el mismo gesto de amor

y aceptación,

de inevitabilidad

e impotencia.

 

Rompí a llorar.

 

Ese día marcó el fin

de mi extranjería.

 

 

XX

Cuando se acerca

el punto de no retorno

llega el momento

de la vuelta.

 

Las visitas

son cada vez más largas,

las partidas, más dolorosas;

las separaciones, más intolerables.

 

Los sentimientos cambian,

como entre amantes

que acaban odiándose

por lo mismo que se amaron.

 

Quienes tuvieron hijos se quedan,

los que no cuidarán de sus padres.

 

Mi idilio concluyó

y vine a enterrar

a los míos.

 

 

XXI

Hoy mi mundo

se achica cada vez más,

estoy en las cien manzanas,

luego serán cincuenta,

pronto apenas diez.

 

Quizá haya visto demasiado.

 

 

XXI

Hoy mi vida transcurre

haciendo mandados

en los suburbios.

 

Allí donde nada sorprende

y la chatura

está tan presente

como el sentido común.

 

  

XXII

Habito el epicentro

de lo cotidiano,

 

entre un carpintero

que cuenta chistes

y una abogada inútil,

 

con vistas al depósito de café,

al taller mecánico,

y la casa de un tano,

con frente de vidrio molido

 

 

XXIII

La expresión

más pura de una cultura

es su música,

siempre invisible,

siempre distinta.

 

La más extrema

es su violencia,

siempre latente,

siempre la misma.

 

Pinta la violencia de tu aldea

y la harás universal.

 

 

XXIV

Cuando un barco se hunde

crea tras de sí un remolino,

una succión,

que lo arrastra todo consigo

 

Cuando los trabajadores

se marchan de la capital

causan con su inercia una hueco,

un vacío

que acarrea consigo la vida.

 

Cuando regresan al barrio

las paredes vuelven a henchirse

de humanidad.

 

XXV

La ciudad de noche

está muerta,

desierta como la arena,

bella como la esfinge,

muerta como Luxor.

 

Pero a la hora del sueño

el barrio respira y palpita.

 

 

XXVI

En los suburbios

todavía asoman junto a las vías

los eucaliptos,

aún sopla el viento

de la llanura

y se oyen los pájaros

y paso del tren.

 

Todavía hay quintas

y conejos y gallinas,,

y alambre en vez de rejas.

 

Los edificios

no tapan el sol

ni nos sumen en la sombra helada

del cemento.

 

 

XXVII

La Roma imperial,

majestuosa y eterna,

es de los romanos.

 

Este pueblo oxidado no,

pero es mío.

  

 

XXVIII

Aunque nadie me conozca ya

salvo los árboles,

 

la soledad del mundo

no es tanta en la querencia.

 

 

XXIX

Échame de la estepa ardiente,

aléjame de su arena seca, roja,

yerma.

 

Yo quiero mis huesos aquí,

en la tierra negra.

 

Claudio Molinari Dassatti (c) 2014

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